Objeto y Naturaleza, la colección Masaveu
El año pasado tuve la oportunidad de visitar una muestra de la colección Masaveu, conocida como <<Objeto y Naturaleza>>, la cual se presentó en el Museo de Bellas Artes de Valencia. En ese entonces, estaba yendo al archivo de la Academia de San Carlos por mi tesis, ya que se encuentra dentro de ese mismo museo, por lo que de tuve la oportunidad de pura casualidad de conocer algunas de las exposiciones, como: la de -Invención y Proyecto-, que fue increíble, ya que me permitió conocer por primera vez las fases del proyecto artístico enseñado en la Academia de Bellas Artes, y junto a esta exposición montaron la de -Objeto y Naturaleza- que igualmente me abrió los ojos al maravilloso mundo de los bodegones del siglo de oro español, XVII y XVIII.

No pude tomar fotos de la exposición, sin embargo, el fondo privado de la Colección Masaveu es uno de los más importantes de España, ya que ha reunido a lo largo del tiempo distintas obras, las cuales datan desde la Edad Media hasta el periodo contemporáneo. Dentro de las labores de la fundación está la difusión de su obra considerada una actividad muy relevante, por lo que la exposición, <<Objeto y Naturaleza, Bodegones y Floreros de los siglos XVII - XVIII>> ha recorrido distintos museos de las Bellas Artes en España, desde Madrid, Sevilla y ahora Valencia.
En esta exposición, se presentan los cuadros del género de -naturaleza muerta-, centrándose en lo que conocemos como bodegones, floreros y algunas alegorías, de las piezas más significativas del siglo de oro español: el barroco y también de la ilustración. El bodegón, como <<tipo>> se refiere a aquellas composiciones que enmarcan objetos de la cotidianidad doméstica, de tal modo las obras de los autores presentados en esta exposición son: Juan Bautista de Espinoza, Juan de Zurbarán, Luis Meléndez y Juan de Arellano.
Juan Bautista de Espinoza: De acuerdo con la información del Museo del Prado, la obra de este autor se documenta entre 1628 y 1659. De su obra se destaca una técnica ejemplar para la captación de la materialidad, a través de las distintas veladuras. Algunas de las obras con las que cuenta el Museo del Prado son: Bodegón de uvas, manzanas y ciruelas. Bodegón con pájaro muerto y Manzanas, higos y ciruelas.
Juan de Zurbarán: De acuerdo con la información del Museo del Prado, Juan nació en 1620 y murió en Sevilla en 1649, fue un pintor español que se educó en el taller de su padre. Se especializó en los bodegones, ellos se identifican por tener un estilo con una iluminación centrada en el objeto, mostrando el valor de los objetos decorativos y también con una influencia de Juan van der Hamen. El Museo cuenta con la obra de: Bodegón con granada y uvas.
Luis Egidio Meléndez: De acuerdo con la información del Museo del Prado, Luis fue un pintor español nacido en Italia en 1716 y que muere en Madrid en 1780. Fue alumno de la Academia de San Fernando, aunque fue expulsado por conflictos con un profesor, por lo que se marcha a Italia y vuelve a España un tiempo después. Comenzó pintando miniaturas, pero su obra más reconocida fueron los bodegones. La obra de Meléndez, se centra en el realismo de los objetos y su representación. Algunas de las obras que tiene el museo son: Bodegón con salmón, limón y recipientes y Bodegón con besugos, naranjas, ajo, condimentos y utensilios de cocina.

Juan de Arellano: De acuerdo con la información del Museo del Prado, es un pintor español (1614-1676), especializado en los cuadros de flores. En su obra, vemos la influencia de Daniel Seghers y Mario Nuzzi. Abre su tienda en Madrid en 1646, siendo una de las más importantes de la capital. En su taller circulaban cuadros de flores, bodegones, retratos, paisajes y alegorías. Algunos de los cuadros con los que cuenta el museo son: distintos tipos de floreros, guirnalda de flores y paisaje, y bodegón de frutas.



Lo interesante del texto es cómo el bodegón, aunque antes era considerado un género menos importante, demuestra que también puede transmitir mucha belleza. Artistas como Zurbarán y Meléndez muestran que no se necesita pintar temas grandes o importantes para hacer una obra atractiva, sino saber usar la luz, las sombras y las texturas. Al final, logran que objetos tan simples como una fruta o un recipiente se vean de una manera diferente y nos hagan apreciar más lo cotidiano.
Admirar la maestría con la que Juan Bautista de Espinoza plasma las veladuras de la materia, la iluminación dramática de Juan de Zurbarán, el realismo casi táctil de los utensilios de Luis Meléndez o la riqueza cromática de Juan de Arellano te obliga a detenerte ante lo ordinario. Esta muestra de la Colección Masaveu nos recuerda que detrás de cada composición doméstica hay un método riguroso de proyecto y una sensibilidad capaz de inmortalizar la belleza que reside en la textura, la luz y la fragilidad del tiempo.
Siendo sincera, los bodegones nunca me han llamado tanto la atención, sin embargo, con este texto me ha dado otra persoectiva de cómo observar estas obras. Me parece fascinante cómo es que logran que objetos tan cotidianos que cualquiera puede tener en su casa sin prestarle atención, aqui se logran convertir en protegonistas, y por tanto cambia el valor con el que lo percibimos.
Los bodegones si bien son algo simple, objetos en un espacio al menos personalmente me transmiten un sentimiento entre tranquilidad y curiosidad ya que es algo que he visto en mi hogar y en muchos otros, no son iguales, además debes ver detenidamente algunos para ver pequeñas cosas, además en el ejemplo de los que tienen frutas no me considero un amante de estas, por lo que las veo más para tratar de ver o imaginar de cuál se trata. Asimismo, no tienen una composición que sea como una regla, por lo que ninguno es igual. La atención de la que hablaba también se debe a la iluminación o sombras que muchos tienen, además de amar las escenas más oscuras…
Siempre me ha parecido increíble, y hasta un poco raro, cómo un cuadro que solo tiene cosas que cualquiera podría encontrar en su cocina te puede atrapar tanto. Es una locura pensar que alguien se tomó el tiempo de pintar una fruta, un jarrón o un plato, y que logró que algo tan cotidiano y normal termine viéndose súper poético.