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Los monumentos públicos en Toluca: ¿Cuál es nuestra relación con ellos?

Foto del escritor: Emilio Ruiz Serrano
Emilio Ruiz Serrano
5 oct
3 min de lectura

La relación de la ciudadanía con sus monumentos públicos ha cambiado drásticamente con el tiempo; ha transitado de los honores solemnes a la manifestación social o el repudio, aunque en muchos otros casos simplemente ha pasado por el olvido. La ciudad de Toluca no es la excepción a esta dinámica.

 

Un claro ejemplo de ello son las esculturas que alguna vez adornaron la plaza de los mártires de Toluca, conocidas popularmente como <<Las Musas>>. Hoy se sabe que en realidad no representan a las musas y que, además, no provenían de Central Park —como sugería un mito urbano sugerido por la palabra en una de sus placas—, sino de una compañía neoyorquina ubicada en Park Avenue. Actualmente, estas piezas lucen visiblemente deterioradas y la escultura de Leda y el Cisne ha desaparecido.


Inscripción J.W. Fiske
Inscripción J.W. Fiske

Este destino lo han compartido otras obras de la ciudad. Muchas han sido robadas por delincuentes para ser fundidas; otras tantas han sido destruidas debido a la falta de seguridad en los espacios públicos. Algunas de estas piezas nacieron para honrar la Historia y otras para embellecer el entorno, como lo estudia la arquitectura paisajística. Toluca albergó la primera representación del Padre de la Patria en una estatua que hoy se encuentra en Tenancingo. A finales del XIX obtuvo una efigie de José María Morelos que hoy se ubica en un jardín poco conocido. Por su parte, las esculturas de la Alameda o de las “musas”, que son más bien Hebe, Psique, Flora y el cazador, se adquirieron a finales del siglo XIX en Estados Unidos, bajo la lógica porfiriana de embellecer las áreas verdes locales.


Fuente de la Alameda Toluca
Fuente de la Alameda Toluca

Existen también monumentos que se han convertido en el foco de la tensión social, como el monumento a Cristóbal Colón, objeto de diversas manifestaciones por parte de colectivos, o el Miguel Hidalgo de Augusto Rivalta, que hoy preside la Plaza de los Mártires. A esto se suman numerosos bustos y esculturas de fuerte carga ideológica, como las de la primaria Lázaro Cárdenas, llamadas Voluntad y Videncia o las del Monumento a la Bandera. Si bien hoy en día se integran nuevas piezas al entorno urbano, estas siguen sin conectar con los habitantes; no se asumen como propias y, en el peor de los casos, terminan funcionando únicamente como un lienzo de descarga social ante diversas problemáticas.

 

Esta falta de arraigo se refleja también en la arquitectura paisajística de la ciudad, donde los monumentos muchas veces se aíslan o se colocan como simples parches decorativos, en lugar de integrarse armónicamente con la vegetación, los flujos peatonales y el diseño del espacio público. Es impresionante que muchas de estas obras ni siquiera estén catalogadas, otras más requieren restauración y muchas otras han sido removidas de los sitios para los cuales fueron diseñadas, terminando en museos, residencias privadas o destinos ajenos, como ocurrió con la escultura de El Quijote de la antigua plaza España.

 

En suma, debemos preguntarnos: ¿cuál es nuestra relación con las esculturas y monumentos públicos? ¿Son solo un ornamento histórico? Si realmente son parte de la identidad de la ciudad, ¿por qué no están bien cuidados ni protegidos? ¿Qué sucede con ellos cuando dejan de ser un producto consumible? ¿No sería mejor reinterpretarlos para conectar con las nuevas generaciones? Cuestionarse este vínculo es, al menos, un primer acercamiento para entender la crisis o el cambio en la relación que los monumentos públicos mantienen con sus habitantes.

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